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Revista

Se la merece

por Geraldine Becker

Con la picardía de la infancia y la humildad en los ojos, con la sencillez de la pobreza y con su metro y pico de altura, nuestros precoces vendedores, aquellos rosarinitos que se rebuscan el mango, que buscaron también la forma de intentar vender y no pedir - o las dos cosas juntas-, aprendieron a hacerlo no desde pequeños (porque todavía lo son) aprendieron digamos, hace un rato. Ese rato que se conforma en el momento en que, cuando un niño “normal” comienza a comunicarse con sus padres y su entorno más cercano, nuestros rosarinitos de la yeca ya lo hacen con toda la gente que pasa. Momento en el que cuando un niño “de su casa” aprende a dar la vuelta manzana, ellos ya recorren toda la ciudad. Momento en que cuando a un niño al que ha podido construírsele una infancia sin marginaciones, aprende a ir hasta el quiosco y comprar golosinas con las monedas que mamá, papá o la abuela les da, ellos ya saben donde se cotiza el kilo de pan o el paquete de fideos más barato para llevarlo a casa con las chirolas que han ganado en el día.

Sobre estos rosarinitos que aprenden a crecer y a dejar de ser niños de golpe, es difícil saber siquiera si, al menos en un rato libre, olvidan por unas horas el trabajo y pueden jugar y reírse en la misma calle que los ve crecer. La misma que ha sido cómplice de algunos - y de muchos- malos ratos pasados. También de sus travesuras, y del esfuerzo diario de intentar que las chirolas lleguen dificultosamente a sus manitos. Esfuerzo que representa “su” parte con la que aportarán a la economía de casa.

En este caso, lo que llamaríamos fríamente una persuasiva estrategia de marketing en el monstruoso mercado capitalista, se transforma, a través de las palabras de una chiquita que vende flores frente al Monumental, en un dulce elogio, su punto fuerte para ganarse algún peso, pero marcado por la inocencia y la oportunidad.

Esa pregunta, ese ofrecimiento, esa ficha a jugar en un fugaz instante, se vuelve un azar al momento de acercarse a una persona y desplegar con pocas palabras su plan de venta.

El breve momento del ofrecimiento se convierte en una aventura para esa criatura y este en particular, en una prueba casi de fuego para el enamorado que deja la sala del cine junto a su Julieta: “¿Una flor señor?”, pregunta ante la mirada del potencial cliente que escucha y enciende un cigarrillo. Todavía no ha terminado de guardar el encendedor cuando la niña apela a su “plan B”: “¡Déle señor, se la merece, se la merece!”, volviendo su carita hacia la dama que acompaña a este caballero, la cual, en un gesto casi de compasión piensa en comprar una de esas flores por el elogio recibido.
Finalmente, exhalando el humo de la primera pitada y antes de emprender la marcha de la mano de su amada, el muchacho mira a su acompañante como afirmando el elogio de la niña y le dice: “Elegí una”. Es precisamente en ese momento cuando la sonrisa de las dos damas se dibuja en sus rostros, y este mismo señor, mientras lleva su mano hacia el bolsillo de atrás repite: “¡Dos pesos, dos pesos! ¡Si vos supieras!”, contestando a la pequeña con una mueca de picardía y algo cómica hacia la halagada.

Por último, cuando nuestra rosarinita emprendedora y protagonista no ha terminado de guardar todavía el billete exitosamente obtenido, la parejita parte feliz, ella con una rosa blanca en la mano y un halago en los oídos. Él, cargado de besos recolectados a través de la sencilla, pero a veces forzosa, tarea de escuchar, al menos, un ofrecimiento, y con la convicción -o con la ignorancia- de que en ese momento, ha hecho felices a dos mujeres.

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