Monotonismo
Revista - 03-11-2006 20:05:40 | Categoria: Edición Impresa
por Matías FormiaQue el hombre es un animal de costumbres lo podemos convenir sin demasiados problemas y sin que esto signifique una cualidad negativa del ser. Es decir, uno se acostumbra a que lo quieran su mujer, sus hijos, sus padres, sus hermanos, su perro o su control remoto (aunque muchas veces éste le haga menos caso que su perro).
Lo que sí puede ser un yugo pesado para todo aquel que lo padezca es la monotonía que surge de la repetición continua e infinita de los quehaceres ordinarios. Claro que esto se ve recién una vez entrado el susodicho en años, antes de que se empiecen a decolorar los primeros pelos (el que tiene la suerte de que se decoloren antes de que los muy mal humorados bellos se declaren en rebeldía y decidan exiliarse al suelo), porque la verdad es que en los años mozos a uno la vida lo sorprende con una aventura tras otra. Todavía se disfruta de la incertidumbre de lo nuevo y la tensión vital está en su pico máximo.
Se planifica constantemente, las 24 horas del día, las 365 vueltas terrestres. Sin embargo, de vez en cuando, a algún desquiciado se le suelta la cadena y se le ocurre ir a comer con sus tocayos de actividades un asado el sábado al mediodía al “Club de pescadores Gral. Bartolomé Mitre”, en donde por $3 per cápita se dispone de un hermoso balcón de tierra con parrillero y vista al río. ¡Una ganga!
Claro, la propuesta es tentadora, pero uno tiene que romper con el compromiso ineludible contraído con el mosquitero roto de la habitación, otro deberá posponer la promesa de paseo al parque con aquella que sus amigos nunca conocerán (no es que el hombre desista de su condición de novio, es que conoce la rapacidad de sus compinches) y el último deberá negarse una vez más a la limpieza del automotor que volverá a pedir prestado bajo prenda de aseo. Romper con esas obligaciones previamente diagramadas hace que uno entre en pánico y no sepa qué hacer. Son momentos difíciles porque ya estaban resueltos y edificados con premeditación y se quiera o no, estos planes dan cierta sensación de seguridad porque muchas veces el vacío asusta.
Al final el quiebre de agenda es más fuerte y todos adelante con la “alocada” propuesta. A pesar de todo, algo que no estaba premeditado de antemano da aire y vuelve a resignificar el legendario “lo atamo’ con alambre” que tanto explotamos los argentinos. Nadie me puede negar que el mismo asado abarrotado por el exceso de exposición a las brasas, es mucho más rico con amigos en el Parque España que en la terraza y con la familia. También la pala destartalada que se utiliza para la manipulación del carbón en el club de pescadores es mucho más elogiada por sus virtudes que la que uno tiene colgadita y siempre limpia en el ganchito de la pared del quincho. La limpieza es otro mito que se derrumba en este tipo de reuniones. Por ejemplo, si al Gato Pretto se le cayese media tira de asado al piso polvoriento del generoso predio, la reacción automática del auditorio sería: “¡Mandala a la parrilla igual! ¡No pasa naranja!”. Aseguro que en otra circunstancia ese trozo de comida, por lo menos, pasaría 10 minutos debajo de la canilla y el asador lo serviría como última opción.
En fin, nadie debería renunciar al contacto con la naturaleza, con los buenos amigos y con el no tan buen vino de mesa. La ciudad de Rosario todavía reserva algunos recovecos que se niegan al cemento frío y continuo de la ciudad. Una vez tomada la decisión es imposible pasarla mal y una simple victoria a la rutina termina siendo una página más en esta recopilación de anécdotas que es la vida.
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