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Revista

Fragmentos para una ciudad

por Antonio F. Galimany

I
En las barriadas pobres del norte de la ciudad, un niño de doce años ya no cree en la inocencia ni en los dibujos animados de las cinco de la tarde. Desde el silencio hermético de su marginalidad desgarró de un preciso puntazo el pulmón izquierdo de otro niño de su misma edad para acabar para siempre con la discusión que mantenían. El apuñalado no murió. El victimario terminó detenido. Y la vida, allí donde sobrevive la fe en el poder redentor de las armas y la belleza se desvanece ahogada en la resignación, la vida no vale nada. Por absurda.

II
Los ojos hundidos por debajo de las cuencas y los pómulos pegados al cráneo. Cuerpos vacíos que desfilan insomnes hacia el final de los tiempos y se pierden entre las sombras que todavía custodian su cansado andar. Una generación completa consumida en la hoguera de las drogas del pobre, del pegamento y el paco. Jóvenes que huyen con la nueva pitada o la próxima inhalación. Que escapan de una sociedad que les concedió la libertad de morirse de todo. Y corren. Los ojos desafiando al cielo. Armados de la miseria y la bolsita de poxirrán. Hasta que sus piernas comiencen a temblar y el destino, construido para otros, les ciegue la posibilidad de ver y sus rostros pálidos y desfigurados se derrumben sobre un suelo ausente.

III
Apenas son las seis y la tarde es agradable. El tránsito aturde y la prisa marca el paso de la multitud. En la esquina de Córdoba y Presidente Roca se agolpa una considerable cantidad de adolescentes. Entusiasma, sin duda, la posibilidad (entre mágica y revolucionaria) de capturar con el celular la imagen fotográfica del más reciente par de zapatillas. Visten bien y exhiben lo que tienen. Porque tener, ahora, es un valor. Tener, claro, lo que es susceptible de ser mostrado. Y ellos son una vidriera ingenua emplazada en el idílico universo de las peatonales y las avenidas céntricas. En el mundo soportable de la ciudad pujante y turística.

IV
Recorriendo incansables la geografía comercial de la ciudad, desbordados por completo por el peso de las bolsas, la sed es siempre insaciable. El consumo reemplaza a la felicidad y la contenida atmósfera del microcentro, con sus negocios pulidos y sus luces de neón, niega de plano el conflicto de los suburbios. Comprar y vender es el placer que nos ha reservado el hoy. Ese, y el de no pensar. Sobre todo en aquello que nos hace sufrir, en lo que puede quebrar la inestable fragilidad de un presente afirmado sobre el olvido y la expulsión del otro. El placer de no pensar en lo que no se puede comprar.

V
Justo ahora, una tupida marea de guardapolvos blancos rompe en un estruendo sordo sobre la vereda impasible y se dispersa pareja devolviendo como recompensa la música cotidiana, ese rumor de voces inquietas que en su belleza y perfección tan sólo el mar puede aspirar a superar. Estos niños, bendecidos con la oportunidad de pertenecer, no empuñan navajas ni reconocen en su igual sucio y de mirada ausente que dirime las peleas con la dureza de una madurez aprendida de golpe a aquel que podrían haber sido. Y más allá, en cualquier plaza, alguna mujer todavía desesperará por amor. Y un hombre, desempleado y solo, trajinará la ciudad entera en busca de lo inhallable. Mientras el carro de cirujeo, empujado por la historia, describe la parábola irracional del contraste más brutal. Y todo sigue, aunque sea injusto y doloroso.

VI
Y uno empeñado en escribir. En contra del fragmentarismo cotidiano.
Tal vez, porque escribir es liberación y, al tiempo, contraataque.
Porque es una botella al mar. Y es mucho.

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