El dueño de la esquina
Revista - 03-11-2006 19:56:50 | Categoria: Edición Impresa
por Maira OteroEra una típica tarde de verano, lo vi por primera vez por España arribando al cruce con Montevideo. Se encontraba recostado, contrastando con el frente blanco de la casa de la esquina.
Pasaban con apuro autos, vecinos y estudiantes con sus cuadernos bajo el brazo. Desfilaban por su lado y nadie lo veía. Estaba presente, pero a la vez se hacía invisible para el resto.
Un chico de no más de 6 años pasó con su madre junto a él y preguntó: “¿Por qué el señor está recostado en la vereda, mami?”. La madre, al no saber qué contestar, apretó la mano del chiquillo y siguió su camino como si no hubiese existido ninguna interrogación.
El trozo de pan que tomaba con orgullo entre sus manos sucias, y el vino que bebía, eran su única compañía. El sudor corría por sus mejillas y su mirada perdida demostraba un alma llena de dolor y angustia.
Todas las tardes, a la misma hora, él regresaba a su esquina como quien vuelve a casa después del trabajo. Poco a poco, la había convertido en su lugar.
Meses más tarde regresé, pero él ya no estaba allí. Desapareció del mismo modo en el que apareció. Y nadie sabía qué había sucedido.
Alguna vez volví a la esquina de Montevideo y España, donde solía estar. Él también.
Con sus rastas, remera gris, pantalón negro y buzo atado en las caderas, se alejaba caminando despacio e inspeccionando cada cesto de basura que se atravesaba en su camino.
Tras malvender lo vendible, ingresa en la primera granja con que tropieza en el recorrido. Compra algo para comer y el infaltable vino tinto. Ahora, lo único que falta es llegar y recostarse a descansar.
Lleva casi un año viviendo allí y hoy es un poblador más del barrio. Ahora es visible, al menos para los vecinos que al pasar lo saludan. Otros conversan un rato con él, que sonriente los despide y allí se queda. En el mismo lugar donde lo conocí. Se convirtió en el dueño de la esquina.
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