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Dos mundos divididos por un vidrio

por Rodrigo Pretto

En busca de una moneda que aleje su apetito cotidiano o para simplemente ayudar a su familia, los jóvenes esperan en las esquinas que la luz roja del semáforo se encienda. Un anhelo que se contradice con la ansiedad de pasar de los automovilistas. Ellos no trabajan, pero se rebuscan la vida limpiando los parabrisas de los autos.
Estos chicos que descienden de los márgenes de la ciudad hacia el centro invaden los lugares más transitados con un balde, un limpiavidrios y un trapo. La escena es habitual. Semáforo verde. Los agazapados con ansiedad en el borde de la calzada. Las miradas esperan la luz amarilla. El segundo que marca el paso a la roja es imperdible. Ya están encima de los autos, y el limpia vidrios sobre los parabrisas. En algunos casos es casi una imposición. Después la convivencia: “Le limpio el vidrio”. Si la respuesta es positiva todo transcurre con normalidad y el servicio se cierra con una moneda. De lo contrario, se produce el choque: “Se lo limpio igual, aunque no me de nada”. Si la negativa persiste pueden venir los insultos e incluso alguna acción violenta.

Cuando el semáforo da vía libre, los jóvenes quedan envueltos por la columna de autos y recorren el laberinto mecánico hasta las veredas respectivas. Mientras esperan un nuevo turno, algunos juegan. Otros simplemente esperan.

Del otro lado del vidrio la historia es otra. Al detener la marcha los automóviles, para esperar que el semáforo vuelva a verde, las ventanillas comienzan a cerrarse en el instante en que los niños se acercan a pedir la moneda. Cuando el pibe apoya el limpiavidrios sobre el parabrisa comienzan las quejas: “Si te dije que no me limpies el vidrio”, o “Pero mirá como me dejó el vidrio, bien limpio que lo tenia”. Las caras de antipatía y la desesperación con que los conductores “hacen que no” con sus dedos, se repiten cada vez que el semáforo se pone en rojo.

La ambición de sobrevivir les niega el tránsito por una de las mejores etapas de la vida: la infancia. Desde muy pequeños ya se entrometen en el mundo callejero para conseguir una ayuda. Sus estudios son incompletos. Muchos de ellos ni siquiera acabaron la primaria.
La necesidad de un pibe de limpiar un vidrio para tener una moneda, no sólo es un síntoma de la desocupación sino también una “diversificación del rebusque” al que muchos están obligados.

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