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Al mejor postor

por Diego Mañas

Moreno 55. Un departamento de pasillo que inquieta a varias señoras grandes, vecinas del barrio, de esas que salen a barrer veredas limpias solamente para escuchar a la señora que esta limpiando la vereda contigua, también limpia. Se inquietan por la forma en que se gana la vida la persona que vive en ese lugar, aunque es muy raro verla mientras el sol azota y encandila ojos muy acostumbrados a la noche. Los comentarios sobre ella vuelan por todo el barrio. Ya se hizo conocida. Muy conocida. Autos importados se estacionan frente a la puerta con el numero 55. Algunos la llevan a pasear para mostrarle su nueva adquisición, a otros los hace pasar al interior de su casa, seguramente a convidarles una taza de té, o quizás a leer juntos la Biblia. Pero estas no son mas que suposiciones, ya que no podemos saber que es lo que hace con todos esos hombres solos que vienen a su casa, y menos todavía, cuando (según fuentes como: la de la florería de al lado o el portero del edificio de enfrente) sale de su casa y vuelve recién entrada la mañana.

Las frondosas curvas de su interminable cuerpo son envidiadas por la mayoría de las mujeres del barrio. El resto no la tiene en cuenta, alegan: “Con cirugía cualquiera”.

Ella no besa.

Los hombres que bajan de esos carísimos autos importados tienen derecho a cada rincón suyo, sin que lo sepan ni sus esposas ni sus familias, logrando muchas veces conformar una coartada perfecta, incluso más meticulosa y premeditada que muchos asesinatos.
Teniendo en cuenta los núcleos familiares involucrados es difícil no pensar en el suyo. ¿Qué le habrán dicho al saber de su forma de ganarse la vida? ¿Qué otras historias están ocultas detrás de este personaje?

Noches de humo en lugares iluminados con luces de colores y vendiéndose como una mercancía en una suerte de exposición de mujeres.

¿A cuantos de sus clientes les importan sus sentimientos, sus penas, o su historia personal?

Su iluminada cabellera es tan negra como los comentarios que sobre ella circulan dentro del barrio, y larga como la lista de hombres que conocen sus más íntimos recovecos.

Vive sola. Debajo del número que indica la numeración del domicilio, hay cuatro timbres. Uno de esos es el de ella. Ese timbre que suena cuando algún hombre solitario, u otros que la visitan clandestinamente, buscan en ella una forma de salir de la soledad, o aventuras que no le proporcionan en otros lados.

¿Hasta cuando podrá trabajar? Su cuerpo comienza a padecer dolores como consecuencia de golpes recibidos. Cada semana es un golpe.

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